sábado, 9 de enero de 2010

FERNANDO SUAREZ , UN CREADOR EN MARCHA.




FERNANDO SUÁREZ, UN CREADOR EN MARCHA


Uno tiene en la cabeza el documental de la vida y obra de Fernando Suárez: colas de celuloide que probablemente sumen ya varios metros, a estas alturas, y que permanecen sin montar en mi cerebro, al igual, tal vez, que esos negativos fotográficos de color marrón que un día encontramos en el fondo de una caja metálica y que, mirados al trasluz, despiertan en nosotros un torrente de evocaciones.

A uno se le vienen ahora al recuerdo, enfrentado al ejercicio de reconstruir el filme de Suárez con el material siempre escaso, y probablemente inexacto, que nos proporciona la memoria, los retazos de una vida, la suya, entrevista, captada en el cruce de los meses y los años con la mía.

Rescato ahora de ese pozo donde reposan las visiones de otro tiempo, la secuencia en movimiento del Fernando Suárez estudiante de Bachillerato, cultivador ya de una estética rompedora de patillas de hacha y melenas apresuradas. Fernando cruzando una calle, Fernando camino del parque, Fernando saliendo de un garito del barrio....escenas que transcurren en esa periferia donde siempre ocurren cosas raras, extrañamente seductoras, donde nacen los asesinos o se forjan los artistas.

Quizás, antes que todo eso, sean las imágenes del adolescente silencioso que toma apuntes de la naturaleza en la ladera del Abantos y se proyecta con su pensamiento, es muy posible, hasta la fina línea que define la cumbre, quizás para sentir el vértigo que luego nos harán sentir sus personajes arriesgados y retadores.

Luego viene el silencio. El fondo blanco de la ausencia, que es un Fernando desaparecido o un cronista ajeno a su peripecia, por esas cosas que tiene la vida cuando nos arrastra por los torrentes sucesivos de las obligaciones (inevitables inconvenientes de ir haciéndonos mayores). Y el reencuentro, pasados los años, es el de dos personas adultas, aparentemente apaciguadas, que toman el metro cívicamente, sin levantar sospechas. ¡Cualquiera diría que vamos al trabajo!

Y lo cierto es que vamos. Yo a cosas de poco fuste. Y él a su Escultura, que cultiva en una buhardilla de la Puerta del Sol, tal vez en calzoncillos o con abrigo, según qué mes, como el Picasso de las mil y una fotografías, en medio del desbarajuste imaginado de materiales y útiles que es el taller de un artista. A esa factoría del arte (reconstruyo su aspecto con la descripción del propio Fernando) se accede después de una escalera de muchos peldaños y de tiro estrecho, que amenaza con dejar cautiva, por la medida insuficiente del espacio, la producción del momento.

Resulta inconcebible que un artista madrugue, es inaudito que Fernando coja el metro todos los días, siempre a la misma hora, siempre con el As en la mano y las gafas oscuras como una diadema en su cabeza, para ir al centro de la ciudad, como si fuera el dependiente de un comercio, y volver de noche, cuando regresan los albañiles con las estrellas. Pero Fernando lleva el forro del artista por dentro, sin que se le vea, y la elocuencia consustancial del oficio la tiene afónica, o muda. Así que él se adentra por el túnel negro del metro hacia las claridades de su buhardilla, y allí se impone la disciplina funcionaria de fichar todos los días, porque Dios lo ve, o simplemente porque basta con que él lo sepa, y entretanto produce en la cautividad de cuatro paredes una obra incesante que adopta el ademán provocador de la libertad.

Las primera exposición a la que me invita Fernando ejerce sobre mí la extraña atracción de una cita a ciegas. ¡Por fin voy a saber lo que hace el genio en su torreón! Y lo que veo es una fascinación de figuras humanas en actitudes que desafían las reglas de la gravedad, que pugnan por sacudirse las limitaciones del cuerpo, por alcanzar una meta que está bastante más allá del tope que podría alcanzar cualquier persona, pero que, para las criaturas de Fernando, es perfectamente asumible. Su obra tiene algo de alegoría del superhombre que es capaz de reírse del mundo a pesar de hallarse al borde del abismo. Y ese abismo puede ser el juego entre la vida y la muerte de alguien que se mece colgado de una sola mano, del escalador que trepa por una pared vertical, sin asideros firmes donde anclar los pies y las manos, del espíritu inquieto que siempre encuentra una cumbre que escalar, un obstáculo que superar, una meta que batir, la tapia a la que encaramarse sólo para ver qué hay detrás o porque, sencillamente, estaba ahí.

A las obras de Fernando no les hace falta gritar que son libres, lo demuestran con su vocación de movimiento, de tal forma que van imponiendo al artista un nuevo espacio vital, donde poder ejercitarse sin limitaciones. Así viene el segundo taller que yo le conozco al artista, a la orilla de un mar de ferroviario, recorrido por raíles bruñidos de sol, y también del frotamiento con las ruedas macizas de los trenes que entran y salen de la ciudad. Fernando se instala a la orilla de una estación que le inspira un mundo de fugas y despedidas, aunque a sus personajes, llegado el caso, no les hiciera falta tomar el tren. Porque han sido nacidos y dotados de la mano de su creador para recorrer largas distancias a pie, ya sea a lo largo o a lo alto, en rudimentarios ingenios voladores o simplemente en bicicleta.

Su tercera residencia, y por el momento la última, vuelve a ser un recinto ferroviario, como si el hierro del que están hechos los trenes ejercieran sobre él la atracción de la materia madre con la que va a crear a sus criaturas inquietas. Fernando Suárez propende a los transportes pesados, a los caminos de hierro, al hierro y a los metales pesados, quizás porque apelar a un material más dúctil para crear el movimiento, para insuflar un soplo de vida a esas figuras atléticas, no tendría ningún mérito. El reto para él, y la auténtica sorpresa para los que admiramos su obra, es comprobar que esa ligereza anatómica, que esa tensión fibrosa de los músculos, resuelta con tiras de metal, con una escoria de tornillos doblados, tuercas y arandelas, tiene en realidad un peso insólito, que sería, llegado el caso, capaz de lastimarnos.

Fernando Suárez, en medio de la faena, con su mono azul y el tizne de la autógena, nos recuerda a un herrero de pueblo, de los de yunque, fragua y martillo cantarín. Nos retrotrae a un tiempo de hombres poderosos en ingenio y plenos de recursos, capaces de construir aparatos prodigiosos con cuatro hierros viejos amontonados en un rincón. Yo admiraba a esos hombres, yo admiro a Fernando como el genial autor que es, y al igual que a sus antepasados, los herreros, por haber podido seguir alimentando en su interior a al niño que no cesa de imaginar travesuras y, lo que es mejor, de realizarlas. Sus últimas esculturas son un abigarramiento de construcciones de aspecto inestable, que nos evocan los palafitos del Indico, las favelas de Brasil o, incluso, la precaria esbeltez del mismísimo palacio del Dalai Lama en Lhasa, adonde probablemente se dirija todo ese ejército de hombres atléticos que ha creado. Hombres dotados de una inmensa fe en sí mismos. Como él.

Enrique Armendáriz

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